CUENTOS Y RELATOS...

Otros escritos, pensamientos y reflexiones.

EL HAIKU JAPONÉS
El haiku (俳句?) o haikú​ es un tipo de poesía japonesa. Consiste en un poema breve, de diecisiete «moras», formado, según la norma, por tres versos de cinco, siete y cinco moras respectivamente. Con todo, no se trata por completo de una métrica fija. Comúnmente se sustituyen las moras por sílabas cuando se compone en otras lenguas. Originalmente la esencia del haiku es «cortar» (切る [kiru]) mediante la conexión de dos ideas o imágenes separadas por un kireji (切れ字), que es el término «cortante» o separador.

La poética del haiku generalmente se basa en el asombro y la emoción (哀れ [aware]) que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza. Siguiendo el régimen tradicional japonés, la composición suele contener alguna referencia directa o indirecta a la estación del año, mediante el uso de un kigo (季語) o palabra que evoca las estaciones. Los saijiki (歳時記) son listas extensas de palabras kigo en japonés, que el poeta puede utilizar.

Shigeji Tsuboi (1898-1975)

Una tormenta viene desde lejos
Limpia el calor que resta del verano.
Un azul celestial llena la atmósfera
Y nosotros
Nos preparamos para el nuevo espíritu.

Kabayashi Issa (1763-1828) – Haiku de la mariposa

La mariposa revolotea
como si desesperara
en este mundo

Kobayashi Issa (1763-1828)

Un mundo
que sufre
bajo un manto de flores

Huye el rocío.
En este mundo sucio
no hago yo nada.

Watanabe Hakusen (1913-1969)

Anoche cubrí
mis hijos dormidos
y el ruido del mar.

Sumitaku Kenshin

Suspendida en la noche
la bolsa de suero
y la blanca luna.

Morse por la noche.
El viento
envía un SOS.

Yamagushi Sodo (1643-1716)

Esta primavera en mi cabaña
Absolutamente nada
Absolutamente todo

Masaoka Shiki (1867-1902)

Primavera en el hogar.
No hay nada
y sin embargo hay de todo

Mukai Kyorai (1651-1715)

El hombre
Que está labrando la tierra

Parece inmóvil

Masaoka Shiki

Toda la jornada
Siempre en el mismo lugar
Trabajando la tierra

Kobayashi Issa (1763-1827)

Pareciera que el sapo
Va a expeler
una nube

Masaoka Shiki

Crepúsculo matinal.
El hocico de la rana
exhala la luna

Natsume Soseki (1865-1915)

Sobre la montaña florida
Sueltan los caballos
En el cielo otoñal

Masaoka Shiki

Cuando se derrite la nieve.
¡Sueltan los caballos
en el pueblito!

Konishi Raizan (1657-1706)

Mil pequeños peces blancos
Como si hirviera
El color del agua

Masaoka Shiki

Un cardumen de truchas
Pasó ante mis ojos
El color del agua

Natsume Seibi (1749-1816)

El espantapájaros
Parece humano
Cuando llueve

Masaoka Shiki

¡Cómo el hombre!
En noches de luna llena
Miserable el espantapájaros

Matsuo Basho (1644-1694)

¿Es primavera?
La colina sin nombre
se perdió en la neblina

Yosa Buson (1715-1783)

Bajo la lluvia de verano
El sendero
Desapareció

CAPERUCITA ROJA

Esta es la versión original, la genuina, que hizo Charles Perrault del cuento de Caperucita Roja. Todas las variaciones que después nos han llegado del relato y que hemos utilizado mil veces para contar a nuestros niños son adaptaciones mucho más suavizadas al público infantil, como podréis comprobar.

- - -

   Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba loca con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tan bien que todos la llamaban Caperucita Roja.

   Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo:

   -Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

   Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

   -Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

   -¿Vive muy lejos? -le dijo el lobo.

   -¡Oh, sí! -dijo Caperucita Roja-, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

   -Pues bien -dijo el lobo-, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

  El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; llamó: Toc, toc.

   -¿Quién es?

   -Es su nieta, Caperucita Roja -dijo el lobo, disfrazando la voz-, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

   La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

   -Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

   El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó y llamó la puerta: Toc, toc.

   -¿Quién es?

   Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

   -Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

   El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

   -Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

   Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

   -Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

   Caperucita Roja se desnudó y fue a meterse en la cama, donde quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

   -Abuela, ¡qué brazos tan grandes tiene!

   -Son para abrazarte mejor, hija mía.

   -Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

   -Son para correr mejor, niña mía.

   Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

   -Son para oírte mejor, niña mía.

   -Abuela, ¡qué ojos tan grandes tiene!

   -Son para verte mejor, niña mía.

   -Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

   -¡Son para comerte! [1]

   Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

Moraleja:

Aquí vemos que la adolescencia,

en especial las señoritas,

bien hechas, amables y bonitas

no deben a cualquiera oír con complacencia,

y no resulta causa de extrañeza

ver que muchas del lobo son la presa.

Y digo el lobo, pues bajo su envoltura

no todos son de igual calaña:

Los hay con no poca maña,

silenciosos, sin odio ni amargura,

que en secreto, pacientes, con dulzura

van a la siga de las damiselas

hasta las casas y en las callejuelas;

más, bien sabemos que los zalameros

entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.

 

 

[1] Según Emilio Pascual, traductor de Perrault, Son para comerte es lo único que dice el original francés por mucho que infinidad de traductores y editores “que no han visto el original ni por el forro se empeñen en añadir la palabra mejor”.

UNA CITA DE MUERTE

Relato corto de corte policíaco y negro, que he publicado en la revista SomNegro (Todo negro y criminal) y Punica Granatum.

- - -

   

         Adriana se acercó a la marquesina del autobús de la línea treinta y seis. Eran las doce y cuarto de la noche y no tenía la menor intención de irse andando a su casa. La noche se palpaba fresca y húmeda y una leve niebla fantasmagórica que surgía con alevosía desde los canales próximos, comenzaba a invadir toda la urbe de una manera casi obscena. Sacó del bolso un cigarrillo prendiéndolo con lentitud mientras ponía la vista en una farola que tintineaba al otro extremo de la calle. Había sido una cena de mierda. Nunca le gustaron aquellas citas a ciegas, donde una amiga te presenta a alguien con el que cree que intimarás a los diez minutos, y normalmente acaban de manera nefasta ante un idiota del tres al cuarto que lo más parecido que tiene contigo es su necesidad de ir al baño a mear cuando bebe cerveza. Y esta no fue una excepción: Gonzalo se presentó en el bar con una flor en la solapa «empezamos mal» —pensó al verlo—. Comenzaron a hablar de cosas intrascendentes antes de ir al restaurante indio. Bebieron un par de cañas y Adriana sintió que el aburrimiento iba a ser el tercer comensal durante aquella velada. Pero fue aún peor. Dentro del restaurante, su nuevo compañero demostró que la horterada y el esnobismo pueden estar perfectamente asociados al mal gusto y a la pésima educación. Faltó al respeto en dos ocasiones al camarero con alusiones racistas; bebió sin ningún decoro un vaso tras otro de vino rosado mientras no dejaba de hablar sobre su estupendo trabajo en Carrefour y estropeó el delicioso arroz Basmati con pollo al estilo Mandala, volcando el frasco de curry extrapicante sobre la bandeja. Al llegar a los postres no pudo más. Esperando los cafés, Adriana se excusó para ir al lavabo y desapareció por la puerta trasera del restaurante. Incluso llegó a notar una cierta cara de complicidad con el jefe de mesas que le abrió la puerta al salir.

         Ahora estaba allí recostada en la parada, fumando y maldiciéndose por aceptar citas imprevisibles. El autobús nocturno de color azul giró desde la calle perpendicular con manifiesta tranquilidad. Desde luego no parecía traer ninguna prisa pese a que llevaba un importante retraso acumulado según los horarios establecidos por la compañía. Apuró un par de caladas profundas de su pitillo antes de arrojarlo al suelo y pisarlo con sus botines de ante marrón. Llevaba una minifalda negra de vuelo con unas medias claras, y una blusa de punto fino con trasparencias colocadas estratégicamente para no dejar ver más de lo necesario. Se puso la chaqueta torera por encima de los hombros al sentir un escalofrío e hizo un gesto al bus que se aproximaba para que se detuviera. Ascendió ágil y saludó al conductor con la misma desgana con la que este le devolvió el cumplido. Pasó la tarjeta por la máquina validadora ante la atenta mirada del guarda jurado que supervisaba el recorrido tras los últimos robos de recaudación acontecidos en los meses pasados, y se sentó en la zona central. Apenas media docena de pasajeros ocupaban las butacas. El chofer cerró e inició la marcha cuando una mano golpeó repetidamente en la puerta con firmeza. Un frenazo sacudió al pasaje. El vigilante se alteró. Dudando si abrir o no, finalmente el conductor permitió subir a bordo al hombre que había llegado tarde a la carrera.

         Al verlo ascender y dar las gracias al empleado, Adriana quiso morirse: se trataba de Gonzalo, el mismo tipo al que había dejado tirado en el restaurante y con la factura pendiente de abonar. Intentó recogerse en el asiento y mirar por la ventana tapándose la cara con una mano para disimular, pero el hombre la había reconocido perfectamente.

         —Buenas noches Adriana —dijo sentándose a su lado.

         —Hola —respondió de manera seca la chica, cerrando los ojos en plan “tierra trágame”.

         —La verdad es que has tenido una salida bastante airosa antes. Pensaba que te había pasado algo en el baño por lo que tardabas. Fui a buscarte y todo, hasta que un camarero me dijo que te habías ido…

         —Lo siento, Gonzalo. De veras que lo siento, pero no podía seguir allí. El mundo se me hacía pequeño en aquel local como para compartirlo contigo. Se que hice mal, pero fue un instinto. Me agobié muchísimo. Dime cuanto te debo por mi comida y en paz.

         —La comida es lo de menos —el hombre miró hacia atrás como recontando a los viajeros—. Lo peor ha sido la humillación que he sentido.

         —Perdóname —se disculpó nuevamente, esta vez con sinceridad, mirando a su acompañante a la cara. Pero algo raro notó en su mirada. Los ojos marrones de Gonzalo Andrade ocultaban algo turbio. Ella lo percibía.

         Gonzalo, entonces, se levantó decidido y comenzó a caminar hacia la parte delantera, donde el chofer y el guardia de seguridad hablaban desenfadadamente y despotricaban por el bajo sueldo que cobraban y las horas de trabajo que hacían a la semana. Al verlo llegar donde ellos, el vigilante se le encaró:

         —¿Dónde va amigo? —le espetó girando hacia él.

         Apenas terminó la frase, una detonación seca e intensa retumbó en el ambiente. El vigilante se agarró el estómago con ambas manos mientras la sangre le manaba sin control por entre sus dedos, cayendo al suelo herido de muerte. El conductor detuvo el autocar en el acto. Gonzalo, que esgrimía amenazador un revolver de pequeño calibre, acercó el cañón a la cabeza del chofer y le indicó que siguiera hacia el parque de la Alacena, un sitio cercano, tranquilo y posiblemente vacío a esas horas de la noche. Los viajeros entraron en pánico y fue necesario un nuevo disparo al techo para controlarlos. Al llegar a la zona de esparcimiento, Gonzalo obligó al empleado municipal a detener el urbano y pasarse a la parte de atrás con el resto del pasaje. En todo el camino no había apartado sus ojos oscuros del rostro de Adriana. Ella lo observaba sin pestañear, manteniéndole la mirada. El hombre armado se apoyó en el salpicadero y desde allí esgrimiendo el arma y moviéndola de un lado a otro, narró a los asustados pasajeros la historia que había vivido en el restaurante indio. Les pidió opinión, como si estuviese en una especie de club de amigos, siempre escrutando los ojos verdes de Adriana. Cuando preguntó al chico de la cuarta fila sobre como habría actuado él, si una zorra le hubiese dejado tirado en un comedor en plena cena, otro estruendo sordo rasgó el aire. La cabeza de Gonzalo se estremeció y todo su cuerpo se catapultó contra el cristal, mientras una lluvia de sangre y líquido cerebral salpicaban la luna del autobús, que finalmente se astilló y despedazó en miles de cristales diminutos, haciendo caer al hombre abatido de espaldas al asfalto.

         Adriana aún sujetaba con firmeza entre sus manos la pistola automática Heckler & Koch de 9 mm. reglamentaria, que desprendía un leve humillo del cañón. Se levantó y tranquilizó en la medida de lo posible a los viajeros mostrando su identificación de policía nacional. Cogió el móvil para llamar a sus compañeros mientras examinaba los cadáveres.

         —Soy la inspectora Serra, número de placa 12744 y llevo una noche muy mala…

MICRORRELATOS

La principal característica de este género narrativo, que sólo contiene unas cuantas líneas en el que el autor tiene que expresar todo aquello cuanto desea y dejar al lector emocionado, pensativo o simplemente con la sensación de haber leído algo bueno a la par que breve. Para esto hay un dicho popular que viene a expresar lo mismo: “Lo bueno, si breve, dos veces buenos” Y aunque es un género bastante infravalorado, la realidad es bien distinta. Es muy difícil escribir y “decir” al mismo tiempo en pocas líneas. Mientras que con la novela o los relatos disponemos de páginas y páginas para ir caracterizando a un personaje o a varios, para ir creando ambiente, para ir desarrollando la historia en sí, en el microrrelato tenemos que decir en pocas líneas, y conseguir lo más difícil de todo: que transmita algo a quien nos lee. Parece tarea fácil, pero no lo es. Se necesita de mucha técnica y de mucho tiempo de dedicación para hacer un buen microrrelato como todos los que veremos a continuación.

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El dinosaurio, de Augusto Monterroso

 

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

 

Calidad y Cantidad , de Alejandro Jodorowsky

 

No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada era más larga

 

Un sueño, de Jorge Luis Borges

 

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mi escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular…El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

 

Amor 77, de Julio Cortázar

 

Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

 

La carta, de Luis Mateo Díez

 

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

Toque de queda, de Omar Lara

—Quédate, le dije.

Y la toqué.

 

Cubo y pala, de Carmela Greciet

Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias…, y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado.

Llovió todo abril y todo mayo.

 

Fantasma, de Patricia Esteban Erlés

 

El hombre que amé se ha convertido en fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.

 

La dicha de vivir, de Leopoldo Lugones

 

Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.

–Yo soy el resucitado de Naim –dijo el hombre–. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?

–Es que cuando el Maestro resucita a alguno, asume todos sus pecados -respondió el Apóstol-. Es como si aquél volviera a nacer en la pureza del párvulo…

–Así lo creía y por eso vengo.

–¿Qué podrías pedirle, habiéndote devuelto la vida?

–Que me devuelva mis pecados –suspiró el hombre.

Hablaba y hablaba, de Max-Aub

 

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

 

Carta del enamorado, de Juan José Millás

 

Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página 50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes, señor juez.

 

La manzana, de Ana María Shua

 

La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

La verdad sobre Sancho Panza, de Franz Kafka

 

Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie.

Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.

Música de la página bajo licencia dig.ccmixter.org - Título: "EmergencyLove" Autor: Sturzstrom

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